Hay lugares que parecen pertenecerle al ser humano.
Los caminos.
Los potreros.
Los ríos.
Los bosques.
Pero mucho antes de que alguien entre en ellos, ya estaban allí.
Y según una antigua tradición costarricense, hay alguien que se encarga de recordárnoslo.
Le llaman El Viejo del Monte.
También conocido en distintas versiones como El Dueño del Monte, es una de las figuras más inquietantes del imaginario tradicional costarricense. Su presencia está asociada con las montañas, los bosques y los lugares alejados de las poblaciones.
El guardián de los animales
Una de las versiones más difundidas cuenta que El Dueño del Monte fue, en otro tiempo, un cazador.
Un hombre que mataba animales sin medida.
Cazaba por placer y no encontraba límites para su deseo de perseguirlos.
Cuando murió, su historia no terminó.
Según el relato, recibió una nueva oportunidad para regresar al mundo, pero esta vez con una misión completamente diferente: proteger a los animales de aquellos que cazaban de manera desmedida.
Desde entonces, quienes entran al monte pueden encontrarse con él.
O, al menos, pueden sentir que está cerca.
Un grito entre los árboles.
Una rama que se mueve.
Un animal que desaparece justo antes del disparo.
Una presencia que nadie consigue explicar.
Cuando la montaña responde
Las historias sobre El Dueño del Monte cuentan que puede proteger a los animales de distintas maneras.
Puede espantar a los cazadores.
Puede hacer desaparecer sus presas.
Incluso existen relatos en los que transforma a los animales para impedir que sean cazados.
También se cuenta que puede alterar las herramientas de quienes se internan en el monte para matar animales sin medida.
El mensaje es sencillo.
El monte no está vacío.
Y los animales no están indefensos.
El Viejo del Monte en Guanacaste
En Guanacaste aparece además una imagen particular del personaje.
Allí existen relatos en los que el Viejo del Monte adopta la apariencia de un sabanero de aspecto extraño, con cabello y barba largos y enmarañados, que aparece a caballo en los potreros.
Sus gritos pueden escucharse mientras recorre la sabana y espanta al ganado.
Esta versión resulta especialmente interesante porque demuestra cómo una misma figura puede cambiar junto con el territorio.
En el bosque, puede convertirse en una presencia casi indistinguible de la vegetación.
En la montaña, puede ser una figura enorme que se confunde con las sombras.
En la sabana guanacasteca, puede aparecer como un viejo jinete.
La leyenda se adapta al paisaje.
Una memoria que no debe confundirse
Existe además una dimensión más profunda.
El Museo Nacional de Costa Rica señala que la figura del Dueño del Monte tiene paralelos con tradiciones de protección de los animales y que existen semejanzas con otros seres mitológicos de Centroamérica y América del Sur.
También existen tradiciones indígenas costarricenses relacionadas con seres que habitan y protegen el mundo natural. En testimonios de tradición oral bribri y cabécar aparecen figuras como DuwáLök, asociado con los animales, y otros seres con funciones diferentes.
Por eso, no sería correcto afirmar que todas esas figuras son simplemente “el mismo personaje con diferentes nombres”.
Son tradiciones que pueden compartir temas y elementos, pero cada una tiene su propio contexto cultural.
Y esa diferencia importa.
El miedo cambia de forma
Quizás por eso El Viejo del Monte resulta tan poderoso.
No representa solamente el miedo a lo desconocido.
Representa la idea de que la naturaleza tiene límites que el ser humano no debería cruzar impunemente.
Durante generaciones, las leyendas ayudaron a transmitir esa idea.
No necesitaban leyes escritas.
Bastaba una historia.
Si cazabas demasiado, algo podía aparecer.
Si entrabas al monte sin respeto, podías escuchar un grito.
Si destruías aquello que no te pertenecía, la montaña podía responder.
La mirada ARRUKO
Para ARRUKO, El Viejo del Monte no es un monstruo.
Es un guardián.
Por eso nuestra interpretación no busca convertirlo en una criatura grotesca.
Queremos que parezca construido por el propio paisaje.
Ramas.Raíces.Musgo.Piedra.Hojas.Barba. Cabello.
Todo comienza a mezclarse.
A primera vista vemos un bosque.
Después descubrimos una silueta.
Y finalmente comprendemos que aquello que parecía parte de la montaña nos estaba observando.
No sabemos si él entró al bosque.
O si el bosque tomó forma humana.
De la memoria al objeto
La historia se convierte en una composición de cuatro partes.
No queremos representar una única apariencia definitiva porque las tradiciones sobre El Viejo del Monte presentan diferentes formas según la región y el relato.
Queremos conservar aquello que permanece:
El monte.Los animales.La presencia.La protección.
El respeto.
Y, sobre todo, la sensación de que cuando entramos en la naturaleza no somos los únicos habitantes.
El monte recuerda
Quizás esa sea la razón por la que El Viejo del Monte continúa apareciendo en las historias.
Porque la pregunta que plantea sigue siendo actual:
¿Qué ocurre cuando olvidamos que la naturaleza estaba aquí antes que nosotros?
La respuesta de la leyenda es sencilla.
El monte tiene memoria.
Tiene habitantes.
Y, según quienes todavía cuentan estas historias, también tiene un guardián.
Referencias bibliográficas :
Quesada Pacheco, Miguel Ángel. (2012). “Lexicografía de los seres ‘fantásticos’ en Costa Rica”. Káñina, Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica, XXXVI (Especial), 215–221.
Brenes Ramírez, Christian; Chinchilla Chavarría, Mariano; Ramos Solís, Daniela. (2018). Espantos: leyendas de Costa Rica. Editorial Universidad de Costa Rica.